
Saludos a todos los expatriados de El Colegio.
Durante ya algún tiempo he recibido peticiones de varios solicitando información de estas tierras neozelandesas en las que me encuentro. Pues bien: cedo ante dichos reclamos y me dispongo a ofrecer poco a poco un retrato altamente juicioso y verídico (científico, diría yo) de la vida en el mundo polinesio.
Las condiciones en estas islas diminutas y lejanas son extremosas. Los pocos habitantes blancos que razonamos y hablamos una lengua civilizada nos encontramos en una situación dificultosa tanto por el calor agobiante del sol del Pacífico -sólo algunas palmeras con cocos ofrecen refugio- como por la actitud hostil de la población maori local, cuyas prácticas caníbales aún no han sido abandonadas. (Irónicamente, el capitán Cook no les pareció del todo apetecible por allá en el siglo dieciocho; en cambio, los holandeses que bautizaron las islas fueron devorados inmediatamente.)
Realmente ha sido difícil avanzar con cualquier empresa: los productos básicos escasean cuando no llega el barco de Australia o cuando los pescadores no tienen suerte, la universidad es inutilizable cuando sus estructuras de madera y palma son devastadas por las tormentas, los maori reclaman tributo cada tercer día con lanza en mano, y la renta de la única computadora disponible es altísima (le pertenece a un escocés).
Con todo, los valientes inmigrantes ingleses han hecho grandes esfuerzos por cristianizar y civilizar estas tierras y han construido varios caminos modernos. Sin embargo, la mayoría son destruidos ya sea por las moas malintencionadas (avestruces de cuatro metros de altura) como por kiwis gigantes (véase foto: el letrero significa "cuidado: kiwi"). Aunque estos últimos son lindos, son una amenaza para nuestra especie, pues utilizan ese largo pico para succionar sangre y otros fluídos. Tememos por nuestras vidas, pero eso hace de esta experiencia algo especial.
Lo mejor son los entretenimientos nocturnos. Hay competencias de hula-hula, y las bailarinas son todo un espectáculo semidesnudo (desde luego las maori están emparentadas con las hawaiianas, pues descienden de un tronco común). Ahora mismo disfruto de un cocktail frutal en una hamaca en la playa y vendo algunas conchas en aras de mi supervivencia.
Seguiremos en contacto.