Eso es en respuesta al comentario que alguien
hizo a tu post. Enough said.
Se ve muy solito el blog, así que escribiré qué ha pasado con
mi pequeña vida aquí, en la capital europea de la
perdición (aunque yo sostengo que es un pequeño hoyo en
medio de la tierra excepto para aquellos "under 21's" que
nunca han visto a una chica semi desnuda--perdón chamaco,
los próximos posts serán editados--y no pueden beber de
forma legal en su país de orígen, mucho menos fumar un churro).
La lluvia y el viento no paran. Supongo que eso es lo primero
que uno nota cuando está en Ámsterdam. El clima es deprimente,
nunca hay sol, siempre llueve y el cielo gris se confunde con el mar
gris. Todo es continuo, regulado, como reloj de precisión suizo. En
enero no hay gente que quiera aventurarse en las calles, con el viento
mordaz corres el peligro de caer en un canal. Los paraguas no sirven
de nada, tampoco los impermeables. Hasta el distrito de la luz roja
pierde un poco de su encanto prohibido con este clima. Pero los holandeses
lo enfrentan con el mismo semblante estóico de
todas sus generaciones anteriores. Montados en su bicicleta empapada,
con las manos congeladas por el viento mientras maniobran entre
los pocos--muy pocos-- turistas, simplemente
pedalean como si fuera lo último para lo que tuvieran fuerzas.
Al final del camino siempre espera una kopje koffie, kopje thee. Un buen
plato de "borrelhapjes" y cerveza, pero sobre todo los amigos.
Creo que eso ayuda a sobrellevar y olvidar el clima, lo gris. Cuando
entras a un café gezellig (acogedor, como todos los cafés aquí), te quitas
la chamarra y entre velas tienes una buena conversación,
se te olvida que afuera el viento no perdona.
viernes, 1 de febrero de 2008
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